• Fr Anselmo Maliaño Téllez

Historia de los procesos de canonización


El proceso que rige la causa de canonización

Motivado por la alegre noticia recibida el día 9 de octubre de 2017, en donde el Papa Francisco ha expresado su buena voluntad para canonizar a dos hermanos mártires franciscanos, Fr. Tullio Maruzzo y Odulio Navarro, de la OFS, en Quiriguá, departamento de Izabal, Guatemala.

Por su larga tradición la Orden franciscana tiene el desafío de promover modelos de santidad para el pueblo de Dios. En realidad son los mártires de nuestra provincia que junto a los mártires de la Iglesia nos ofrecen un testimonio más de vida evangélica. Es precisamente en este tiempo en que la identidad cristiana está permanentemente amenazada, y la memoria martirial fortalece la fe y el compromiso en toda la Iglesia.

Para mayor coherencia con este ensayo, la investigación la he fundamentado en el libro de Rumualdo Rodríguez, Manual para instruir los procesos de canonización, Salamanca, 1988.

¡Los santos son los gigantes de la santidad!

Ellos han alcanzado esa intima comunión con Cristo, es decir, están a la altura (Fil 1, 17; 2,17). La Iglesia ha visto en estas personas un gran ejemplo y un testimonio a seguir más de cerca, ya que al recordarles (celebrarles) estamos diciendo que ellos interceden ante Dios por nosotros, porque sus vidas fueron un fiel seguimiento de Jesús y de entrega en la Iglesia. Ellos son los modelos y fuentes de santidad (Mt, 5, 48). Seguir a Jesús significa asumir la cruz (Mc 8, 32), aceptar las persecuciones por amor al evangelio (Mt 24, 9-14; Mc 13, 9-13; Lc 21, 12-19; Jn 15, 21).

Desde los primeros tiempos la Iglesia se ha adornado de personas llenas de virtudes cristianas. Sin embargo, no todos han sido declarados beatos o santos por la Iglesia. En el caso del martirio históricamente hay infinidades de mártires que sus causas de beatificación y canonización han quedado en el olvido, al igual que otros religiosos y religiosas que no han logrado nunca ser elevado al honor de los altares.

Como ya se ha dicho, el proceso de beatificación y canonización trae vitalidad espiritual a la Iglesia y por lo tanto, motiva al mismo pueblo de Dios a alcanzar la santidad y a buscar nuevos modelos de vida cristiana.

En los primeros siglos de la Iglesia el martirio era un hecho patente y suficiente a la vez para ofrecer culto a un mártir de Cristo. Sin embargo, con el correr del tiempo se exigieron otras realidades a tener en cuenta, de hecho se promovió una investigación que cada vez fue más rígida y jurídica.

I. Visión histórica de la evolución

El Catecismo de la Iglesia señala en el n. 2473, que “El martirio es el supremo testimonio de la verdadera fe”.

El culto a los mártires en los primeros siglos de la Iglesia, era un signo fuerte que consideraba el martirio como la máxima expresión de la caridad y los mártires como amigos y poderosos intercesores ante Dios.

La Iglesia a través de sus concilios abordó el tema, de manera especial en el Concilio de Cartago en el 411, para impedir algunos abusos y promulgó algunas normas estableciendo de esta manera cuando la Iglesia podía tributar culto a un mártir que a través de los martirologios y calendarios iban adquiriendo un carácter universal. El culto a los mártires poco a poco fue alcanzando un gran esplendor litúrgico. La Iglesia se interesó en promover las causas y mandó a recoger con diligencia y prudencia las actas de los mártires, y constatar de esta manera efectivamente las causas del martirio, por un lado si el tirano había dado muerte a la persona por odio a la fe, y por otro lado, si la víctima había aceptado voluntariamente la muerte por amor a Cristo.

En el siglo VI, la Iglesia dio otro paso más en el proceso y fue el culto a los “confesores”, se procedió a afirmar la fama de santidad por el ejercicio de las virtudes cristianas y también a confirmar los numerosos milagros[1]. Luego se procedía al “traslado” o a la “elevación” de los restos mortales. Así se iniciaba el culto al siervo de Dios, lo cual era decretado por el obispo o por un sínodo diocesano o provincial. Es más, en el Concilio de Maguncia de 845, prohibía el “traslado” sin licencia del obispo o de un sínodo.

La canonización era competencia de la autoridad eclesiástica local, el Papa no tenía que ver en este proceso, lo único que se exigía era que: hubiera fama de santidad y de los milagros o del martirio. Una biografía que se presentaba al obispo o al sínodo diocesano, haciendo énfasis en los hechos milagrosos atribuido a la persona y por último aprobación del culto por la autoridad eclesiástica o de un sínodo.

II. Reserva de la canonización al Sumo Pontífice

Desde comienzos del siglo XII, los canonistas legislaron que solamente el Papa podía canonizar. El Papa Inocencio IV, promulgó que la canonización estaba reservada solamente al Papa. Sin embargo, algunos obispos siguieron proclamando nuevos santos o permitiendo el culto a siervos de Dios, muertos en olor de santidad.

En la edad media se hizo común la intervención del Papa en las canonizaciones, por lo tanto, la Curia romana aplicó otras exigencias en las investigaciones para que fueran más críticas y amplias. El proceso de las causas de canonización fueron más exigentes, por ejemplo, el Papa Gregorio IX antes de proceder en la canonización del hermano Francisco de Asís en 1228, no obstante haber sido amigo suyo, quiso que se instruyese un proceso. Lo mismo sucedió para la canonización de Santa Clara de Asís (1254) y de San Antonio de Padua (1234), entre otros.

El proceso de canonización fue asumiendo la forma de un verdadero proceso judicial, instituidos por comisario pontificio o delegados de la Santa Sede. El Papa Sixto V, en el año de 1588, creó la Congregación de Ritos, que se ocupaba de la causa de los santos. El Papa Urbano VIII, introdujo reformas radicales a las causas de beatificación y canonización. Además se publicaron los impedimentos para la introducción de las causas de beatificación y se añadieron nuevas normas para evitar otros abusos en las causas. Años después se establecieron diversas normas para la admisión de la causa, sobre todo el sentido jurídico. A partir del siglo XVII, la beatificación es un paso obligado para alcanzar la canonización.

En la actualidad la canonización es un proceso largo y complejo, compete al obispo investigar todos los escritos del Siervo de Dios e instruir un doble proceso, a saber: la fama de santidad, vida y virtudes en general o martirio y sobre todo la ausencia de culto. Además de un interrogatorio preparado por el promotor general de la fe. El Papa Pablo VI (1969), estableció que los obispos, previa autorización de la Santa Sede, pudieran introducir las causas de canonización e instruir un proceso “cognoscitivo”. Con este recurso se agilizaba el curso de las causas. Sin embargo, es el Derecho Canónico que ofreció una reforma, una nueva legislación sobre las causas de los santos.

Con el Papa Juan Pablo II, se alcanzan otros pasos importantes, él realizó beatificaciones en diversas partes del mundo, rompiendo de esta manera una tradición en la que se beatificaba solamente en la basílica del Vaticano.

III. Nueva legislación sobre la causa de los santos

Dos documentos pontificios nos ayudan a comprender este proceso: Constitución apostólica “Divinus Perfectionis Magister” Sobre la nueva legislación relativa a las causas de los santos 1983, y ese mismo año el Papa Juan Pablo II, aprobó las “Normae servandae in inquisitionibus ab Episcopis faciendis in Causis Sanctorum”, de la Congregación para la causa de los santos. Estos documentos son una valiosa ayuda para los obispos ya que favorece una relación especial entre la Santa Sede y los obispos.

La Congregación para la causa de los santos estableció en la nueva legislación un proceso canónico especial, en los cánones 1400-1655. En la primera fase del proceso corresponde al obispo, realizar la investigación que implica un verdadero proceso judicial. La verdad, es que esto no es una simple investigación sino un proceso que tiene como finalidad la sentencia definitiva del Papa.

La Iglesia usa la terminología causa “de canonización” en la que la beatificación constituye simplemente una fase de dicho proceso. El proceso de la causa de canonización se establece generalmente después de 30 años de la muerte del Siervo de Dios (CIC 2050). En el caso del martirio las pruebas tienen que hacerse documentadas. Sin embargo, la apertura de una causa puede comenzar cinco años después de la muerte del Siervo de Dios.

El postulador es nombrado para que se dedique completamente a la causa. Este trabajo supone una búsqueda seria de documentos, análisis y estudio, investigar sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios y sobre todo, animar a los demás para que trabajen en la instrucción del proceso. Como es sabido, el postulador juega un papel importante en las causas de canonización, establecidas por el Código de Derecho Canónico (Can. 1483, 1487, 1488, 1552, 1559, 1561, 1598).

  1. Cánones relacionados con el proceso de Justicia, 1448,2; el Notario, Can 383, 1437, 1567, 1569; el Juez instructor, Can 1428, 1448, 1, 1453,3, 1471, 1558, 1559, 1561, 1575, 1598.

  2. Los tipos de prueba en las causas son tres, a saber, A) documental (Can 1539-1546), B) La prueba testifical (Can 1547-1573), C) La prueba perical (Can 1574-1581).

El Cardenal Ratzinger, después electo Papa Benedicto XVI, afirmaba “el sentido profundo del testimonio de los mártires, está en el hecho de que testimonian la capacidad de la verdad sobre el hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza con Dios. En este sentido los mártires son los grandes testigos de la conciencia, de la capacidad otorgada al hombre de percibir más allá del poder, también el deber, y por tanto de abrir el camino hacia el verdadero progreso, hacia la verdadera salvación humana”[2].

En el 2007, el Papa Benedicto XVI, beatificó 498 mártires que derramaron la sangre por la fe, en la persecución religiosa en España entre los años 1934-1937.

Seguir el ejemplo de los mártires hoy, es asumir el mensaje evangélico del compromiso fundamentado en la fe y el amor para alcanzar como ya señalaba San Juan Pablo II, el “alto grado de la vida cristiana ordinaria”[3].

Esperamos con mucha alegría el anuncio de que los otros hermanos de la Provincia que están aún en proceso, un día no muy lejano su causa sea aprobada, y que su testimonio de vida conduzcan a todos por un camino indiscutible de compromiso histórico y nos permitan adentrarse en los caminos de santidad.

citas

[1] Una definición de milagro, común entre muchos teólogos, es el siguiente: un hecho religioso insólito, que supone una intervención especial y gratuita de Dios y es la vez un signo o manifestación de un mensaje de Dios a los hombres y una llamada a la conversión.

[2] J. Ratzinger. Elogio della coscienzia, Roma, 16 de marzo de 1991, p. 89.

[3] Novo Millennio Ineunte, n. 31.

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El 6 de Junio de 1987 la Orden, bajo la autoridad de Fr. Jon Vaugh, Ministro General, erigió como Provincia nuestra entidad que siguió rigiéndose por los documentos elaborados durante la Vicaría. La Provincia inicia bajo el gobierno elegido el año anterior y cuenta con 360 hermanos entre ellos 155 hermanos de profesión solemne y un obispo, distribuidos en 50 fraternidades, destacando el trabajo parroquial, pero en vistas a abrir caminos en fraternidades insertas en medios populares y zonas de conflicto.

 

© 2017 por Fr. Henri Morales. Curia Provincial, Frailes Franciscanos.