• Fr. René Arturo Flores, OFM

San Oscar Arnulfo Romero


San Oscar Arnulfo Romero

El 13 para amanecer el 14 de octubre de este año en distintos rincones de El Salvador, vivimos una gran celebración como pueblo de Dios: la fiesta, de que el Vaticano (por mediación del papa Francisco) pusiera a Mons. Romero en la lista oficial de los SANTOS católicos. En la plaza Barrios, en la Capilla de la Divina Providencia (el hospitalito, que es donde lo asesinaron), en su ciudad de nacimiento, en la parroquia Nuestra Señora del Tránsito (Soyapango), y tantas parroquias más, celebraron esta fiesta de la canonización de Mons. Romero. En todos estos lugares lo que vibraba era el corazón de un pueblo que sentía en este reconocimiento del primer “santo salvadoreño”, un símbolo de que el sentido de la vida y la práctica cristiana está en los que “tienen hambre y sed de justicia…los misericordiosos…los que trabajan por la paz…”(Mt 5).

Que bien diría el poeta, de vez en cuando la vida te invita a tomar un café (Serrat)… que bien este momento de celebración popular con cantos y bailes de esperanza, como una lluvia de paz que empapa los corazones de justicia; una fiesta cargada de colores, de reino de Dios: que inicia en las causas de los sencillos y empobrecidos, en los humildes y aprendices, en los defensores y defensoras de la Creación, en las y los cazadores de sueños.

La fiesta volvió al pueblo, Romero siempre dio una palabra profética de esperanza y de ánimo al pueblo oprimido y violentado de los años 70. Tenía clara consciencia de la misión de la Iglesia como pueblo de Dios, en ese momento histórico, así lo expresó en su segunda carta pastoral:

“Por eso en las diversas circunstancias de la historia, el criterio que guía a la Iglesia no es la complacencia o el miedo a los hombres por más poderosos y temidos que sean, sino el deber de prestar a Cristo en la historia, su voz de Iglesia para que Cristo hable, sus pies para que recorra el mundo actual, sus manos para trabajar en la construcción del Reino en el mundo actual, y todos sus miembros para “completar lo que falta a su pasión (Col1,24)” (2CPPS, p.48).

Ser pueblo de Dios, ser pueblo organizado por las causas que generan vida en favor de los empobrecidos, es una acción propia del cristiano, decía:

“…nuestra función como cristianos, como salvadoreños cristianos, es reconocer en este país de bautizados cuál es el puesto que cada uno tiene que ocupar para hacer una patria feliz, una patria sin violencias, una patria sin represiones, una patria en que unos (no) se sientan con derecho a todo y otros marginados sin derecho a nada, una patria donde todos nos sintamos miembros…” (08-01-78).

Mons. Romero en los días antes del asesinato, estaba cada vez más convencido de que los hombres y las mujeres cristianas, tienen que ser críticos y comprometidos con la transformación del país:

“Hoy se necesita mucho el cristianismo activo, crítico, que no acepta las condiciones sin analizarlas internamente y profundamente. Ya no queremos masas de hombres, con las cuales se ha jugado tanto tiempo. Queremos hombres (y mujeres) que, como higueras productivas, sepan decir sí a la justicia, no a la injusticia y sepan aprovechar el don precioso de la vida…” (09-03-80).

Para Mons. Romero el cristiano que buscaba ser miembro de una organización social y política, tenía que tener clara su perspectiva de creyente en Jesús, está se “mide”, se concreta, desde una decidida opción por los empobrecidos y necesitados de la sociedad:

“por eso, los que viven en los grupos organizados o partidos políticos no olviden: si son cristianos, vivan profundamente esta intensidad de la espiritualidad de la pobreza, vivan intensamente este compromiso cristiano con los pobres. Los hay muchos, gracias a Dios, porque muchos surgieron de nuestras comunidades eclesiales” (17-02-80).

Hasta el último momento de su palabra, Mons. Romero, mantuvo la convicción del compromiso histórico de toda discípula y discípulo de Jesús, en su última homilía dijo:

“el gran trabajo de los cristianos tiene que ser ese: empaparse del Reino de Dios y, desde esa alma empapada del Reino de Dios, trabajar también los proyectos de la historia” (23-03-80).

Esta palabra encarnada dicha por Romero, se quedó hasta hoy en el pueblo de Dios, en los hombres y mujeres que sienten que su corazón apunta a la justicia, equidad y solidaridad, que buscan construir estructuras y sistemas fraternos, en igualdad de derechos. Este pueblo que guarda la memoria evangélica, subversiva y liberadora de Romero, son los que celebraron con toda alegría en las plazas, calles, casas y templos, la “santidad” de Mons. Romero, una santidad reconocida por el Vaticano: por ser un obispo para el pueblo empobrecido y un mártir por las causas de los empobrecidos.

¡Queremos obispos del lado de los pobres!

Fr René Arturo Flores. JPIC, El Salvador

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El 6 de Junio de 1987 la Orden, bajo la autoridad de Fr. Jon Vaugh, Ministro General, erigió como Provincia nuestra entidad que siguió rigiéndose por los documentos elaborados durante la Vicaría. La Provincia inicia bajo el gobierno elegido el año anterior y cuenta con 360 hermanos entre ellos 155 hermanos de profesión solemne y un obispo, distribuidos en 50 fraternidades, destacando el trabajo parroquial, pero en vistas a abrir caminos en fraternidades insertas en medios populares y zonas de conflicto.

 

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