• Fraternidad El Pepeto, Soyapango, El Salvador

LA JPIC, EL ADN DE NUESTRA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA


Frailes Franciscanos

Fraternidad de El Pepeto, Soyapango, El Salvador.

28 y 29 de abril de 2017

En el Congreso Europeo de Animadores de JPIC de Polonia el 29 de abril de 2010, el entonces Ministro general de la OFM, Fr. José Rodríguez Carballo, dijo: “los valores de justicia, paz e integridad de la creación … forman parte de lo que bien podríamos llamar nuestro ADN”. Orientados por esa afirmación iniciamos hoy esta charla dirigida a la fraternidad, con la esperanza que vayamos aunando la visión de nuestras acciones en el campo que Dios nos da para trabajar en su Reino como nuestro humilde aporte.

  1. Principios bíblico-cristológicos

«La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad»[1]. Este primer versículo de la Regla Bulada, es una auténtica confesión de fe y la clave de nuestra identidad en la Iglesia y en el mundo: lo que caracteriza a un franciscano/a, no es una vestimenta específica, pertenecer a un convento o a la OFS, JUFRA o cualquier otro grupo, ni en saberse de memoria historias de la vida y obra de Francisco de Asís. Nuestro ser franciscano/a (francisclareano/a) está determinado, esencialmente, por «guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo», a quien se sigue más de cerca y en fraternidad, bajo la acción del Espíritu Santo[2].

Ya desde el Antiguo Testamento, Dios se manifiesta como un ser misericordioso, justo y cercano a los hombres, que entiende sus padecimientos y les tiende la mano para rescatarlos. Así, los relatos de la creación, del diluvio, de la elección de Abrahán y, de manera especial, los del éxodo, los que se refieren a la celebración de la alianza entre Dios y su pueblo y aquellos que contienen la actuación y mensaje de los profetas, deben ser leídos como momentos de realización de un único plan de salvación. Sin embargo, es con la venida de Jesucristo, cuando se comprende el carácter universal de dicho proyecto y su relación con la cercanía cada vez mayor de Dios, la cual alcanza en el misterio de la encarnación su punto culminante. Al solidarizarse con nuestra condición y hacerse uno con nosotros, Jesús nos da la clave de la redención: la comunión de vida en Él, con Dios y entre nosotros.

Los signos de este Reino son, según Lucas los que dice a los enviados de Juan el Bautista, cuando le preguntan si es él, el que había de venir o si deberían esperar a otro. Jesús los envió de vuelta diciéndoles: «Váyanse y cuenten a Juan lo que ustedes mismos han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; « ¡dichoso aquel que no se escandalice por mí!». El Reino de Dios tiene tono de solidaridad; sus propias acciones así lo evidencian. Sanaba los enfermos, perdonar los pecados, reinsertar a las personas en la comunidad, creaba relaciones de amistad y de convivencia en torno a la mesa con los marginados públicos y los pecadores, realizaba el signo del compartir, motivaba al servicio, denunciaba las contradicciones de los poderosos y de las autoridades religiosa y política, invitaba a todos a la conversión, a la fe, a la confianza en Dios Padre, a la compasión con los pobres y a ejercer el amor, incluso con los enemigos. En síntesis, podemos decir que la vida y la palabra de Jesús eran una enfática invitación a luchar por la justicia y la paz. Esto no fue entendido ni en aquél tiempo ni hoy.

Para Cristo, no es posible hablar de auténtica justicia desligándola de la misericordia, ni de paz al margen de la reconciliación. Solidaridad, salvación y Reino de Dios son, pues, conceptos íntimamente ligados. Es gracias a la solidaridad –de Dios para con el hombre/mujer, en primer lugar, pero también del hombre para con su prójimo– como se tiende un puente para la comunión de vida; mas esta comunión, para que sea efectiva, exige igualdad de condiciones y liberación de todo aquello que oprime al hombre –sobre todo del pecado y del maligno– de modo que, fuera ya del dominio de la muerte, reproduzcamos la imagen de su Hijo»[3]. Todo aquel que acoge esta salvación, experimenta una nueva vida, recibe el Espíritu de Dios, se convierte en hijo de Dios Padre, entra en una nueva alianza, forma parte de la comunidad de hermanos redimidos, abierto/a a personas de todas las razas, lengua, pueblo o nación. Incluso las criaturas todas participan de «la gloriosa libertad de los hijos de Dios»[4], ofrecida por Jesucristo, pues él, «Primogénito de la Creación y en quien fueron creadas todas las cosas, con su cruz y resurrección ha reconciliado todos los seres de la tierra y de los cielos»[5].

  1. Principios eclesiológicos

Los fundamentos eclesiológicos de nuestro trabajo por la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación se desprenden de la Doctrina Social de la Iglesia, (DSI) ampliamente expuesta en un sinnúmero de documentos emitidos por pontífices y conferencias de obispos durante los últimos 140 años; será difícil enunciar aún sus nombres, temas y autores hoy.

El evento clave es el Concilio Vaticano II. Donde con mayor interés aborda los problemas del mundo, y propone las figuras de la Iglesia como Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo, Lumen Gentium y la Gaudium et Spes que establecen una clara relación entre identidad cristiana y compromiso social al afirmar que «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez, gozos y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»[6]. Y es que, gracias al Concilio, los cristianos redescubrimos la importancia de acercarnos a la historia como lugar privilegiado de encuentro con Dios, ya que sólo en ella es posible reconocerlo salvando a los hombres.

Se abre así un camino para la evangelización en la siguiente dirección:

  • Escuchar al mundo: leer los signos de los tiempos estando dentro del mundo, participando de sus gozos y preocupaciones.

  • Asumir los anhelos, valores, clamores y logros del mundo: libertad, igualdad, participación, pluralismo, democracia, preocupación por la justicia...

  • Ofrecer una práctica evangélica basada en el testimonio de vida, en el servicio, la colaboración y la solidaridad.

  • Transformar el mundo según los valores del Reino[7].

Particularmente ricos son los contenidos de los escritos del Papa San Juan Pablo II, con sus cartas apostólicas: Sollicitudo Rei Socialis, Centésimus Annus, Laboren exersens. También el Papa Benedicto XVI escribió Cáritas in veritatem. El Papa Francisco en su Carta Evangelii Gaudium, la Laudato Si, y sus mensajes menos estructurados. Se pueden encontrar también documentos de las conferencias episcopales como el CELAM y de otros continentes o subcontinentes.

  1. Principios franciscanos

Seguimos a Cristo a la manera de Francisco de Asís. Su vida y ejemplo son principios inspiradores de nuestro trabajo por la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación. En efecto, tanto en los escritos de los hagiógrafos como en los mismos opúsculos del Santo, se encuentran numerosos pasajes en los que queda de manifiesto que, ser discípulo de Cristo no se restringe a la práctica vacía de una serie de ritos; su máxima expresión es el ejercicio de la caridad, especialmente con los rechazados y excluidos de la comunidad. Test, 1-3, es quizás el texto más importante a este respecto: «El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecado, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo».

Este amor y dedicación de Francisco por los menos favorecidos, fue notablemente asumido y practicado, posteriormente, por los primeros hermanos que llegaron a la fraternidad y contribuyeron a su expansión por todo el mundo. Tomás de Celano, en su Vita Primera, dirá de estos que «completamente crucificados para el mundo… iban durante el día a las casas de los leprosos o a otros lugares decorosos y quienes sabían hacerlo trabajaban manualmente, sirviendo a todos humilde y devotamente»[8]. De igual modo, durante los siglos posteriores, numerosos e insignes franciscanos incluyeron la justicia social como componente fundamental de su acción pastoral y de su predicación; Antonio de Padua y Bernardino de Siena son claros testimonios de ello. Los Hermanos Menores OFM, en el Capítulo General de 1973 dicen: «nuestra confianza está en el carisma concedido en otro tiempo a Francisco de Asís y reconocido por la Iglesia porque somos conscientes de que nuestra existencia histórica como Fraternidad la debemos a la experiencia histórica de Francisco y de su Orden»[9]. Este carisma, al que hemos prometido fidelidad, se ha caracterizado desde un comienzo por la fe en el Evangelio de Cristo, así como por el testimonio –de vida y de palabra– del amor de Dios por todos los hombres, con quienes se comparte, más que momentos, la vida misma.

Las actitudes concretas de este modo de ser en el mundo, se definen en dos principios fundamentales:

1. Amor a Dios y a la humanidad

Es el elemento más característico de la forma de vida franciscana, pues «es lo mismo revestirse de Cristo que amar a todos los hombres y mostrarse bueno y afable con todas las criaturas.»[10] Este amor a Dios y a los hombres se hará concreto en el valor de la fraternidad.

2. Minoridad

Para el franciscano, siguiendo al hermano Francisco de Asís, el ser menores entre los hombres parte del reconocimiento del anonadamiento de Cristo (Kénosis), quien con su ejemplo pide sigamos sus huellas[11]. Pero además, es una opción novedosa que afecta nuestra relación con Dios Padre, con nuestros hermanos y por supuesto, nuestra forma de aparecer entre los hombres, buscando siempre el advenimiento del Reino de Dios entre los hombres. Es esta la novedad de quienes siguiendo a Francisco se han dejado cautivar por el gozo y la alegría de «ir por el mundo» como siervos sometidos a todos, reconociendo en los «otros» el actuar de Dios.

Las consecuencias prácticas de estos principios, son precisamente los valores presentados por la Orden concernientes a la espiritualidad de la Justicia, la Paz y la Integridad de la Creación, y que se describen a continuación:

a. Promotores de justicia y paz.

Ya desde su conversión y encuentro con Cristo, Francisco se constituye como uno de los más ardientes promotores de paz en un tiempo flagelado por conflictos. Y, si miramos la historia, el movimiento franciscano primitivo fue conocido como una «delegación de paz. » Francisco era un hombre convencido de que el Señor le reveló el saludo de paz y en sus escritos, los vicios en contra de los cuales pone más alerta, son los que destruyen la paz en uno mismo y en los demás. Con su saludo «El Señor te dé la paz», enseña a los continuadores del carisma franciscano a vivir en el mundo como promotores de justicia y como heraldos artífices de la paz de tal manera que el franciscano se comprometa de forma no violenta y amistosa para alcanzar una mayor justicia en los ambientes de conflicto y opresión. Nuestra tradición franciscana nos lleva a denunciar la injusticia y las causas de discordias y litigios[12]. De allí viene nuestro compromiso de mediar por la paz y de restablecer un orden justo[13]. No se asume esta tarea como cualquier otra actividad de la vida franciscana; ya que el ser pacíficos le permite presentarse al mundo de manera más cercana a los hechos conflictivos que vive el mundo. Así pues, entran en este ámbito las cuestiones correspondientes a la justicia social con los problemas específicos del mundo del trabajo; injusticia internacional, los Derechos Humanos, los problemas relativos al desarrollo y su dimensión social, la evolución de los sistemas económicos y financieros, el tema ambiental y al uso responsable en la administración de los bienes de la Tierra, la guerra, al desarme, a la seguridad internacional y a la violencia bajo sus diversos y cambiantes aspectos, pandillas, tráfico de personas.

b. Custodios de la Creación.

La reflexión sobre la ecología ha entrado en una nueva fase, sobrepasando definitivamente el momento de la sola preservación y conservación de la naturaleza. Actualmente considera el medio ambiente en sus múltiples relaciones abarcando tanto el medio ambiente natural como la cultura y la sociedad humana, que como percibimos actualmente, padecen de problemas graves que se convierten en signos de los tiempos a los que el franciscano/a debe responder. Tenemos una visión de respeto hacia la Creación y esta actitud es la clave para resolver la crisis ecológica. Por otra parte, sabemos que en el transcurso de la historia, la especie humana ha modificado profundamente los ecosistemas hasta tal punto que ciertos cambios han resultado ya irreversibles, como es el caso de la deforestación y la explotación irracional de los bienes naturales, que ha dado como resultado el actual sistema económico mundial, las tecnologías prepotentes que ponen en serio peligro la supervivencia de la humanidad. A esta problemática actual, las CC.GG. OFM en el Art. 71 recogen la preocupación franciscana por dar respuestas concretas: «Siguiendo las huellas de San Francisco, los hermanos muestren hacia la naturaleza, amenazada en todas partes, un sentimiento de respeto, de modo que tornen totalmente fraterna y útil a todos los hombres para gloria del Creador». Este sentimiento impide que el franciscano, tome posición neutral ante los fenómenos naturales y antrópicos y exige compromisos concretos y responsables frente a la crisis ambiental que afronta el mundo. Tanto la espiritualidad franciscana, desde sus principios fundacionales y desde el resultado de su pensamiento filosófico-teológico puede ofrecer presupuestos válidos para una antropología relacional y una ética de la sencillez, de la moderación como respuesta a la explotación y dilapidación del medio ambiente.

c. No se apropien de nada.

El tema de la renuncia a la propiedad caracterizó tanto la opción de Francisco como la de la historia de la Orden desde sus inicios hasta nuestros días. Por esto, el franciscano reconoce a Dios como propietario de todo lo que poseemos y él se auto concibe como una persona que administra en una fidelidad responsable y caritativa lo que le ha sido confiado.

d. Viviendo la solidaridad.

Con devoción y responsabilidad Francisco, nos dicen los hagiógrafos, repetía con frecuencia a sus hermanos: «jamás fui ladrón; quiero decir que de las limosnas, que son la herencia de los pobres, siempre acepté menos de lo que me tocaba, a fin de no lesionar el derecho de los otros pobres, pues hacer lo contrario es cometer un robo»[14]. Esta frase del Hermano Universal, refleja el sentido profundo de solidaridad frente a la realidad que padecían los pobres de su época. Además, podría percibirse la actitud de una persona que manifiesta ser solidario al mostrarse justo frente a la desafortunada situación del «otro». Solidaridad es «la decisión firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos responsables de todos. El término «solidaridad», ha sido utilizado por el Magisterio de la Iglesia, para referirse a la opción que la Iglesia y todos sus miembros deben hacer para atender las difíciles situaciones que padecen muchos hermanos nuestros.

Toda esta fundamentación de la animación de JPIC, se concreta en la misión de Justicia y Paz en «mantener abiertos los ojos de la Iglesia, el corazón sensible y la mano pronta para la obra de caridad:

Ojos abiertos.

Para poder estar presente en él mundo. Se trata de estar atentos a la vida, a lo que ocurre, para ver y escuchar los gritos del mundo en el que vivimos, para ver la vida con los ojos de Dios, para darnos cuenta de la acción del Espíritu en nuestro mundo, y para escuchar las llamadas que recibimos desde la realidad a colaborar con esa acción del Espíritu.

Estar atentos a ver, al estilo de Dios que está debajo, lo que ocurre en la vida diaria, alrededor nuestro, en los acontecimientos, en la historia... Al Dios cristiano se le encuentra sobre todo en la Palabra Encarnada, Jesús, el Hijo. Hemos de encontrarlo en y desde el pesebre, en y desde el pan compartido, en y desde la cruz. Y todos sabemos con qué gente andaba Jesús: los pequeños, los marginados, con aquellos a los que el sistema no les dejaba ni ser, ni tener, ni poder. En ese estilo de Dios es donde se basa la minoridad franciscana. Esa es la perspectiva franciscana de mirar la realidad, de juzgarla críticamente y de participar en ella: la de los preferidos de Jesús y de Francisco, la de los pobres, aquellos que se encuentran desvalidos e indefensos[15].

Corazón sensible.

Aquel ver, conocer y saber de la realidad del mundo, del sufrimiento y de los pobres no es algo frío, que se hace desde la distancia o sólo desde el estudio. Para que el conocimiento de la realidad nos mueva a trabajar en su transformación, tiene que afectarnos, tiene que alcanzar lo profundo de nuestra persona, el corazón, y convertirse en compasión. Sólo se sabe lo que se padece, o mejor, lo que se compadece. Pero para mantener el corazón sensible, y para que se avive la compasión es muy necesario estar en contacto con las personas que sufren. El lugar social en el que estamos situados, nuestro hábitat y nuestro estilo de vida pueden condicionar mucho nuestra mirada sobre la realidad, hasta el punto de que nos pueden impedir verla haciéndonos merecedores del reproche de Jesús a sus discípulos: « ¿Aún no entienden ni comprenden? ¿Acaso tienen embotado el corazón, pues teniendo ojos no ven y teniendo oídos no entienden?»[16].

Mano pronta para la obra.

La caridad o el amor, entendido como la relación de fraternidad y solidaridad entre las personas que intenta que el «otro» o los «otros» sean más, posean más vida y la tengan cada vez más en plenitud, tiene diversas manifestaciones según sea el tipo de relaciones que se establezcan entre las personas: relaciones de familia, matrimonio, amistad, ayuda individual de tipo psicológico, económico, etc. Una de esas formas de relación es la estructural o política. Respecto a los pobres y a la paz, la caridad tiene varias formas de expresarse:

• Hay una caridad que se expresa en las relaciones cortas, interpersonales, en las relaciones comunitarias, en las que el otro tiene un rostro concreto: familia, amigos, vecinos, comunidad, pobres (en este caso se expresa como servicio, acompañamiento asistencia, promoción).

• La caridad también se expresa en las relaciones sociales, estructurales o políticas: la llamada «caridad política» que es un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a todos los hombres y mujeres, considerados como hermanos, a favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres.

• JPIC promueve esas diversas formas de expresar la caridad, pero está llamada a promover especialmente la caridad política, aquella que busca eliminar las causas que provocan la pobreza y la violencia. Por tanto, mano pronta para la promoción integral de los sectores sociales frágiles y excluidos y para una acción transformadora de las «estructuras de pecado» que oprimen y deterioran la existencia de tantos seres humanos.

Puesto que éstas son las características, el ADN de quienes confiesan tener por Dios al Dios de Jesucristo, este Dios que, por habernos hecho a su imagen y semejanza, ha otorgado dignidad e igualdad a todos los hombres y mujeres; un Dios que nos ha entregado la tierra para cultivarla y hacerla fecunda y para que nos sirva a todos de sustento; un Dios que libera a su pueblo porque se deja conmover ante su aflicción y sufrimiento; un Dios que camina con su pueblo y lo conduce hasta la tierra prometida, es decir, hasta la plenitud de vida; un Dios que defiende al desfavorecido y al oprimido e invita a su pueblo a ser fiel a la alianza que ha establecido con ellos, pidiéndoles vivir en justicia y defensa de quien no tiene protección; el Dios, que ha enviado a su Hijo para que todos tengamos vida y en abundancia, Aquel en quien son Bienaventurados los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los perseguidos; el Dios de aquel Reino que no es comida ni bebida, sino Justicia, Paz y gozo en el Espíritu Santo[17].

[1] 1 Regla Bulada 1, 1.

[2] 2 Cfr. CC. GG. 1 § 1.

[5] Cfr. Col 1, 15-20.

[6] Gaudium et Spes, 1, 12

[7] Oficina de Justicia, Paz e Integridad de la Creación.

Orientaciones para la animación de Justicia, Paz e Integridad de la Creación (jpic). Roma, 2009. p. 11.

[8] 1 Celano, 39.

[9] 15 Cfr. La Vocación de la Orden Hoy, 3.

[10] Documento Conclusivo Capítulo General, 1971, 24.

[11] Cfr. 2CtaF, 13.

[12] Cfr. Cant 10.

[13] Cfr. Flor XXI

[14] Cfr. Leyenda de Perusa, 15.

[15] Cfr. CC. GG. 97, 2; Ratio Formationis Franciscanae, 143; 162; 180.

[16] Mc 17b-18.

[17] Cfr. Rm 14, 17.

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Sobre Nosotros

El 6 de Junio de 1987 la Orden, bajo la autoridad de Fr. Jon Vaugh, Ministro General, erigió como Provincia nuestra entidad que siguió rigiéndose por los documentos elaborados durante la Vicaría. La Provincia inicia bajo el gobierno elegido el año anterior y cuenta con 360 hermanos entre ellos 155 hermanos de profesión solemne y un obispo, distribuidos en 50 fraternidades, destacando el trabajo parroquial, pero en vistas a abrir caminos en fraternidades insertas en medios populares y zonas de conflicto.

 

© 2017 por Fr. Henri Morales. Curia Provincial, Frailes Franciscanos.