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Sobre Nosotros

El 6 de Junio de 1987 la Orden, bajo la autoridad de Fr. Jon Vaugh, Ministro General, erigió como Provincia nuestra entidad que siguió rigiéndose por los documentos elaborados durante la Vicaría. La Provincia inicia bajo el gobierno elegido el año anterior y cuenta con 360 hermanos entre ellos 155 hermanos de profesión solemne y un obispo, distribuidos en 50 fraternidades, destacando el trabajo parroquial, pero en vistas a abrir caminos en fraternidades insertas en medios populares y zonas de conflicto.

 

© 2017 por Fr. Henri Morales. Curia Provincial, Frailes Franciscanos.

Cuando encarnamos La Palabra, Dios habita entre nosotros

September 9, 2017

Fr. Cristóbal Díaz, OFM.

 

Hace algún tiempo, no se de quién, leí o escuche esta expresión “es tiempo de dejar de hablar tanto de Monseñor Romero y empezar a hablar como Monseñor Romero”. La frase resonó en mi interior porque responde a una sensación que voy teniendo de que corremos el riesgo de hacer de la gura de Monseñor Romero una pieza de museo para conservar, o una imagen piadosa para la veneración tradicional. Es increíble escuchar hablar maravillas de Monseñor Romero, incluso a aquellos que antes se opusieron a él, o que hasta poco tiempo antes de su beati cación lo vieron con sospecha y hasta desprecio. Si se tratara de un proceso de conversión, estaría bien, pero más me parece que es por una especie de “orgullo decorativo eclesial”, pues le viene bien a la Iglesia salvadoreña tener un santo, o es porque simplemente no les queda de otra.

 

Desde luego que esta sección de iglesia de que hablamos es sólo un sector de la iglesia católica salvadoreña, en parte de la jerarquía y sectores católicos tradicionales, ya que hay una amplia parte de la iglesia y de pueblo salvadoreño que auténticamente se ha alegrado con su beati cación, pues este acontecimiento se considera una especie de justo reconocimiento o cial de lo que ya se sabía:quesucausaysumartiriore ejaban el más auténtico testimonio cristiano. A esta parte del pueblo “romerista” le alegra tener un argumento tan sólido para “callarle la boca” a todos aquellos que calumniaron a Monseñor Romero aun después de muerto. Pues que de esto hubo mucho, lo re ejan las palabras del Papa Francisco a los Obispos salvadoreños en su visita a Roma el 30 de octubre de 2015: “El martirio de monseñor Romeronofuesólosumuerte:inicióantes, con los sufrimientos por las persecuciones antes de su muerte y continuó después, porquenobastóquemuriera,lodifamaron, calumniaron y enfangaron. Su martirio continuó por mano de sus hermanos sacerdotes y del episcopado”1.

 

Es un hecho interesante ver que quienes más se identi can con la causa de Monseñor Romero han vivido su beati cación con una profundaemocióninterior,conlágrimasde alegría pero también con un sentimiento de compromiso por realizar. Esto porque la causa por la cual murió Monseñor Romero aún no está completada. El sufrimiento y la muerte de tantos salvadoreños, que fue el centro de su preocupación pastoral, siguen estando allí y consiguientemente los que hacen sufrir y matan al pueblo. Por esos que sufren y mueren, por la defensa de las víctimas y por la conversión de los victimarios es necesario seguir hablando y no tanto de Monseñor Romero sino como Romero. A muchos que albergamos estos sentimientos nos preocupa que su beati cación sea utilizada más bien para acallar su voz profética en nuestra realidad actual, ponerle una aureola y pedirle sin más que ruegue desde el cielo por aquello de lo cual nosotros no queremos hacernos cargo aquí en la tierra en esta hora de la historia que nos toca vivir.

 

San Francisco de Asís, hablando sobre la imitación del Señor y sus eles discípulos decía:
“es grandemente vergonzoso para nosotros los siervos de Dios que los santos hicieron las obras, y nosotros, con narrarlas, queremos recibir gloria y honor” (Admonición 6 sobre la imitación del Señor). Con ello, Francisco quiere enseñar a sus hermanos que hay que hacer las mismas obras de aquellos a quienes admiramos y de quienes hablamos. Esto creo que es la urgencia del momento presente en relación a Monseñor Romero en la realidad de El Salvador. Tenemos un intercesor, sí, pero también un ejemplo a seguir en nuestra manera de ser cristianos y de comprometernos en la causa del Reino.

 

Ha sido para mí “grandemente vergonzoso” intentar hacer el ejercicio de hablar como Monseñor Romero. He pretendido en un principio escribir una homilía, como lo haría Monseñor Romero, para las comunidades de San Bartolo, Ilopango, donde he servido pastoralmente los últimos tres años, pero no he sido capaz. Lo pretendía con la recta intención de animar a la comunidad escribiéndoles una homilía como escrita de parte de él, sin embargo, en el proceso me he sentido avergonzado y me he dado cuenta que sería irresponsable, a no ser que quisiera hacer una caricatura de homilía utilizando su forma de hablar miméticamente sin más. He recordado también las palabras que el Papa Francisco dirigió en la clausura de la asambleageneraldelaUnióndeSuperiores Generales de congregaciones religiosas el 29 de noviembre de 2015: “El acento debe caer en el ser profetas, y no en el jugar aserlo” [...] “El demonio nos presenta sus tentaciones, y ésta es una de ellas”.2 Siendo las cosas así, entonces, ¿Debo callar? No. Debo aprender a hablar. Y hablar como Romero no signi cará mecánicamente leer sus homilías y encontrar el esquema de las mismas y aplicarlas hoy. Quizás ya eso sería útil, pero para hablar como Romero habrá que saber que él era solo la voz y que las palabras venían del Espíritu de Dios que él dejaba mover a sus anchas dentro de sí. Bien sabido es que su personalidad era más bien tímida, pero al estar frente al pueblo en la homilía se transformaba, o más bien, era transformado en un verdadero “micrófono de Dios”, como le denominan algunos. De la abundancia de su corazón hablaba su boca (Lc. 6.45). Por tanto lo primero que habrá que hacer para hablar como Romero es hacer espacio para que el Espíritu de Dios encuentre lugar y pueda hacer abundar el corazón en misericordia y compasión ante el sufrimiento de los demás. Sin dedicar su ciente tiempo a este proceso deconversiónypuri caciónpersonal,que deberá hacerse en el silencio contemplativo de Dios y de la realidad, corremos el riesgo de “jugar a ser profetas”.

 

¿Qué movía a Monseñor Romero a hablar como lo hacía? y ¿Qué era lo que le daba esa autoridad moral tan impresionante a sus palabras? Eso es lo que me gustaría saber. Responder a estas preguntas creo que me servirán para inicial el camino que quiero emprender y que, si es auténtico, me llevará donde Dios quiera y como él quiera y realizar aquello que San Francisco pedía a sus hermanos: “Aplíquense los hermanos a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación” (2 R 10,8-9).

 

Por qué creo que es necesario hablar como Monseñor Romero

 

Antes de intentar contestar las preguntas anteriores creo oportuno indicar por qué me interesan esas respuestas.

 

Mis últimos tres años de servicio pastoral han sido en la Parroquia San Bartolomé Apóstol, ubicada en San Bartolo, Ilopango, en las periferias de San Salvador, El Salvador. Es una zona densa de población y con serios problemas de violencia a consecuencia de la presencia de las maras. En mi servicio, poco a poco fui experimentando que más allá de los quehaceres propios dentro de la iglesia y la organización pastoral, las personas se debaten en sus familias y en sus colonias con situaciones de violencia que rebasa por mucho los límites de las condiciones mínimas que un ser humano necesita para vivir sanamente. Papelitos debajo de la puerta pidiendo extorción o solicitándoles favores sexuales de alguna de las hijas para no hacerles nada, balaceras en los pasajes y en las calles entre miembros de las maras peleando su territorio, carreras en los techos de las casas donde los mareros van huyendo de la policía, amenazas a los adolescentes para que se metan a las maras o colaboren con ellas, llamadas por teléfono indicándoles que en 24 horas tienen que abandonar sus casas, etc. Todo esto se traduce en que la población vive en “centros de concentración” manejadas por el crimen.

 

Elloscontrolantodoslosámbitosdelavida del lugar y ponen los límites de movilidad de las personas. Si hay un familiar que vive a dos cuadras de la casa y la línea que les han marcado pasa por allí, no pueden visitarse y tienen que ir a reunirse a algún centro comercial fuera de esa área si quieren saludarse. Los centros comerciales son para estas personas los únicos lugares que les hace recordar lo que signi ca vivir tranquilos. Desde luego que eso es ilusorio y tiene un costo, pero en esas condiciones, por unas horas de tranquilidad vale la pena gastar toda una semana de trabajo.

 

Ellos deciden sobre la educación. Ellos dicen quienes estudian o no en tal o cual escuela y tienen in ltrados a jóvenes dentro de los centros escolares para controlar y reclutar nuevos miembros. Los profesores ya tienen los listados de quienes tiene que ganar el grado. Esto provoca deserción escolar. Muchos ya no pueden estudiar en las escuelas del lugar sino que tienen que ir a buscar una escuela a otro lado. Pero al llegaraotraescuelaselesveconsospecha, y es de lo más normal que se les pregunte de qué zona vienen y qué mara es la que domina allí. De eso depende que les dejen estudiar allí o no.

 

Ellos manejan el comercio. No hay negocio en el lugar que no deba pagar la extorción que se vuelve un impuesto de lo más normal que el dueño de la tienda traslada al precio del producto con toda normalidad. Y esto pasa en la tiendita de la esquina, como en los grandes almacenes. Me ha sorprendido como en la compra de un electrodoméstico en uno de estos grandes almacenes me han dicho que la entrega del mismo en esa zona vale cinco dólares más porque deben pagar extorción para entrar allí. Conocida es la laboriosidad del pueblo salvadoreño, pero el temor a la extorción de las maras ha hecho que en esta área las personas no emprendan iniciativas de negocio. Ni siquiera quiere la gente arreglar sus casas para no dar impresión de que tienen dinero. Ellos manejan la moda. Dicen que gorras se pueden usar y cuáles no. Hay marcas de nidas para una pandilla y otra. Si te equivocas llevando una prenda de la pandilla contraria puede costarte la vida.

 

Controlan la religión. Hay que consultarles a ellos el recorrido de la procesión y las horas de las reuniones de comunidad dependen de ellos.

 

Controlan el trabajo de las municipalidades. Ellos deciden donde se coloca alumbrado público o no. Si la alcandía va a realizar algún proyecto en alguna zona tiene que pedir permiso a ellos. Para que pase el camión recogiendo basura tienen que pedir permiso a ellos.

 

Y así en todos los ámbitos. Y si dices algo a la policía, si vas a poner la denuncia, prepárate, porque la policía está corrompida y le informará a las mismas pandillas quién los ha denunciado y entonces las represalias son peores. Ante esta situación de abandono de la autoridad en el territorio por parte del Estado, a las personas no les queda de otra que colaborar con las pandillas para que les dejen vivir allí. Intentan no meterse en problemas y pasar como fantasmas sin ser vistos. De hecho esta es una petición frecuente en las oraciones de las reuniones. No meterse en problemassigni cacumplirsuley“ver,oír y callar”. Las personas hacen un esfuerzo psicológico grande por llegar a asimilar esa situación como normal porque si no se enferman, se vuelven locos. He visto tantas veces que después de una balacera por la mañana, la señora que vende pan en esa cuadra tuvo que salir huyendo. No pudo vender al medio día porque había allí un muerto tirado, pero por la tarde, da gracias a Dios que ya vinieron a recogerlo porque así podrá vender el pan.

 

Esta es la situación del momento actual donde debemos realizar nuestro trabajo pastoral en muchas parroquias en El Salvador y con certeza donde yo he vivido los últimos tres años. Ante la indignación, frustración e impotencia, uno se pregunta ¿Qué se debe hacer? ¿Qué se puede hacer? ¿Qué acciones es prudente realizar en estas condiciones? Estos cuestionamientos y estas realidades han llegado a provocar en mí cierto grado de perturbación entre lo que creo que se debe hacer y lo que no debo hacer porque sería imprudente y pondría en riesgo la presencia de la Iglesia, de los frailes y toda la comunidad parroquial. Realidades como estas le llevó a Monseñor Romero a preguntarse ¿Cuál es la misión de la Iglesia ante esta realidad? Atento a los signos de los tiempos, el al Evangelio y al magisterio de la Iglesia del Concilio Vaticano II y al Magisterio latinoamericano, va respondiendo esta pregunta en sus cartas pastorales.

 

¿Qué movía a Monseñor Romero a hablar como lo hacía?

 

Respondiendo ahora sí a la pregunta sobre qué movía a Monseñor Romero a hablar como lo hacía, me parece recurrente encontrar en sus cartas pastorales que era su deseo de iluminar con el mensaje del evangelio al pueblo a quien veía en “tinieblas y sombras de muerte”. Unos que las padecen y otros que las producen. La recurrencia a la gura de “iluminar” como propósito de sus cartas pastorales quizás se deba en gran parte a que la mayoría de ellas las publicó en ocasión de la esta de la trans guración del Señor, en las estas del Divino Salvador del mundo.

 

En la segunda carta pastoral titulada “La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia” publicada en agosto de 1977, Monseñor Romero expresamente menciona las razones de su publicación a solo cuatro meses de haber publicado la primera:

 

“Porque los acontecimientos que se han sucedido en el país antes y después de aquella pascua inolvidable y la intensa vida eclesial que, en nuestra Arquidiócesis, ha acompañado a estos acontecimientos, exige una razón de nuestras actuaciones. Y nada me parece más propicio para ello, que esta nueva presencia luminosa y la liturgia del Divino Salvador para confrontar con sus designios divinos de salvación, el camino por donde juntos hemos marchado como Pueblo de Dios” (Segunda carta pastoral p. 2).

Más adelante, en la misma página indicará que, ese dar razón del por qué la iglesia actúa como actúa es para “orientar, desde la luz de nuestra fe, a las múltiples reacciones que, desde diversos sentimiento, ha provocado esta posición que, en la conciencia, hemos creído evangélica.

 

La tercera carta pastoral en agosto de 1978 muestra nuevamente la idea de iluminar. Dice Monseñor Romero: “Sentimos pues, que la luz con que nuestra carta quiere iluminar el camino de nuestra Diócesis, es la luz auténtica del evangelio y del Magisterio de la Iglesia”. (Tercera carta pastoral p.2). Y en la cuarta carta pastoral menciona que lo que busca es re exionar los problemas actuales del país “a la luz del evangelio y desde la auténtica identidad con nuestra iglesia”. Utiliza además títulos como “La crisis del país a la luz de Puebla” o “iluminación de algunos problemas especiales”.

 

Lo que me interesa resaltar es que Monseñor Romero entiende que su tarea al hablar, ya sea en las cartas o en las homilías, es iluminar la realidad con la luz del evangelio y a partir de allí con los documentos del Magisterio, universal y latinoamericano. Monseñor Romero ve que el pueblo salvadoreño no va por el camino correcto y quiere iluminarle el camino para que transite por los caminos de Dios.

 

Para dar luz hay que tenerla, porque “no podrá un ciego guiar a otro ciego” (Lc. 6, 39) Para identi car la oscuridad hay que estar acostumbrado a la luz para ver su diferencia. Esto era Monseñor Romero, el foco utilizado por el Señor para iluminar a su pueblo, para señalarle el camino. Esto no es posible sin una intensa vida espiritual hecha con oración, ejercicios espirituales, confesión, etc. atestiguada en su diario por ejemplo. En esta vida oculta es donde se fragua el ardor de las palabras que pronunciaba en las homilías.

 

Para iluminar también era importante largas horas dedicadas al estudio. La dimensión intelectual que quizás poco se menciona en él es de fundamental importancia. Maneja los documentos de la iglesia de una manera impresionante y no repitiendo simplemente, sino interpretando, contextualizando y aplicando los documentos a las situaciones inmediatas del pueblo salvadoreño.

 

¿Qué era lo que le daba esa autoridad moral tan impresionante a sus palabras?

 

El hablar implica hacerse cargo de lo que se dice, hacerse responsable de las consecuencias, es decir, poder respaldar la palabra dada. Solo así la palabra es creíble. Monseñor Romero tenía esta credibilidad de la gente. Si su tarea principal era iluminar y concientizar con sus palabras también creó instituciones que ayudaban a ello y acompañaban a las personas en su caminar.

 

En esta línea veo que cuando denuncia las injusticias, los secuestros, los asesinatos, etc. con nombres de víctimas y victimarios, está motivando a otros a hacer lo mismo. Pero no les deja solos. Crea la o cina de “Tutela legal del arzobispado” para acompañar y respaldar profesionalmente a las víctimas. Cuando denuncia que los medios de comunicación mienten o tergiversan la información y sirven a intereses de las clases gobernantes opresoras, hace del periódico “Orientación” un verdadero canal de información veraz y objetiva.

 

En de nitiva, lo que quiero hacer ver, es cómo sus palabras estaban respaldadas con acciones consecuentes. Hablar como Monseñor Romero implicará también este otro esfuerzo de concreción, para que las palabras sean creíbles.

 

Habría muchas razones para decir que como iglesia hemos vivido un camino de involución del magisterio de Romero o que no hemos estado a la altura, en cuanto a ser una iglesia que recoge los sufrimientos del pueblo, habla por ellos y propone soluciones. Aunque la asistencia legal sigue haciendo falta porque las personas no tienen la con anza en las instituciones públicas,yaTutelalegaldelarzobispadono tiene el talante de antes. Aunque los medios de comunicación siguen manipulando la información al gusto de las conveniencias de quien pueda pagarlo, el periódico católico “Orientación” se pareciera haberse convertido en un noticiero de farándula eclesial. Me ha impresionado como la noticia de que un grupo de seminaristas han recibido el orden del acolitado ha utilizado dos páginas del periódico en una edición semanal. Los medios de comunicación siguen interesados en la postura de la iglesia pero esta, no siempre está bien informada ni asesorada para dar una palabra iluminadora.

 

Pero como de lo que se trata no es que otros asuman, sino en primer lugar hacer un camino personal de conversión, creo que antes de intentar hablar como Romero hay que dejarse iluminar “por el sol que nace de lo alto” (Lc 1,78), para luego poder identi car las tinieblas de este mundo e iluminarlas con la luz del evangelio. Hay que dejar espacio al Espíritu Santo para que llene el corazón de compasión y misericordia “ante toda miseria humana” ya que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45). Hay que contemplar la realidad, orar, estudiar y dedicar tiempo para pasar del estudio a la vida y de la vida al estudio en función del servicio de iluminar y no por conseguir títulos, fama o reconocimientos. Hay que dejar espacio a la creatividad para crear instituciones que ayuden y acompañen estructuralmente el camino de concientización y liberación de los más necesitados.

 

Después de hacer esto, a lo mejor ya no haya ni necesidad de hablar, porque lo mejor es que nuestras obras hablen por nosotros. Nuestra mejor predicación quizás sea una vida de servicio en estos términos, donde más no signi que cantidad sino calidad. San Francisco de Asís aconsejando sobre la misión le decía a sus hermanos “Prediquen el evangelio en todo momento y si es necesario usar las palabras”. Tanto en Francisco de Asís como en Romero, me parece ver ahora que las palabras no son lo primero, son solamente el resultado de la experiencia de Dios que se vive en lo profundo y secreto. Hablar como Monseñor Romero signi cará primero ir atrás de su espiritualidad callada y tímida en intimidad con Dios. Todo hablarantesde eso será “como una campana que resuena o un platillo estruendoso” (1 Cor 13, 1). 

 

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