VOCACIONES

Vocación

del Hermano Menor

La formación franciscana tiene su fundamento en el encuentro personal con el Señor y se inicia con la llamada de Dios y la decisión de cada uno de seguir con san Francisco las huellas de Cristo pobre y crucificado, como discípulo suyo, bajo la acción del Espíritu Santo.

 

“Si algunos quisieran abrazar esta vida y vinieran a nuestros hermanos, envíenlos éstos a sus ministros provinciales, a los cuales solamente, y no a otros, se conceda la autorización de recibir hermanos”. (Rb II)

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"Porque es dando como recibimos"

Seguidores de Jesucristo

La vida de los Hermanos Menores consiste en seguir más de cerca a Jesucristo bajo la acción del Espíritu Santo (cf. CCGG 1 § 1), fieles a la propia vocación de menores (cf. CCGG 64), mediante una continua conversión del corazón (cf. CCGG 32 § 2), según la forma observada y propuesta por san Francisco.

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TOCA

Nos encantaria saber de ti

Entrega total a Dios

Para seguir más de cerca las huellas de Jesucristo y observar fielmente el santo Evangelio, los Hermanos Menores viven la alianza con Dios consagrándose totalmente a él en la Iglesia, mediante la profesión religiosa, para el bien de los hombres (cf. CCGG 5 §§ 1‑2).

 

El Hermano Menor está llamado a «observar el santo Evangelio viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad» (Rb 1, 1), ayudado por la gracia del Señor y por el vigor de la caridad fraterna, según el espíritu de san Francisco.

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Espíritu de oración y devoción

La vida de seguimiento de los Hermanos Menores está apoyada por una experiencia de fe, alimentada por la palabra de Dios y el encuentro personal con el misterio de Dios en Jesucristo por la potencia del Espíritu Santo.

Fraternidad

Siguiendo las huellas de Cristo pobre, humilde y crucificado, que reunió en torno a él a los discípulos y les lavó los pies, los hermanos viven en fraternidad, en la donación y el servicio recíprocos (cf. CCGG 38). El Hermano Menor progresa en el conocimiento y en la aceptación de sí mismo y de los demás cultivando intensamente el espíritu de familiaridad (cf. Rb 6, 7), de modo que la fraternidad entera se convierta en el lugar privilegiado del encuentro con Dios (cf. CCGG 39 y 40).